LA POESÍA Y EL CANIBALISMO
Quise sorprender a mi amigo Rafael con una cuestión que al menos a mi me dejó fuera de combate. Rafael tenía un postgrado en educación y era un convencido de que todos somos reflejo de nuestros padres y que la sociedad nos va moldeando pero que si hemos recibido una buena educación, en líneas generales marcharemos como personas de bien. Fue así que salí un poco más temprano de mi centro de labores para poder alcanzar a Rafael antes que se retirara de la universidad donde dicta clases habitualmente. Mi intención era conocer su opinión acerca del caso del antropófago detenido recientemente en México.
Fue así que pasada la una de la tarde salí rumbo a la universidad y esperé pacientemente a que mi amigo Rafael saliera de sus clases, a lo lejos lo vi venir con su acostumbrado paso cansino y siempre pensando en algo, se le veía distraído, lo cual no era raro en él, pues le gustaba filosofar mientras caminaba. Cuando llegó a mi altura ni se fijó que su viejo amigo de la universidad estaba de pie allí, estudiadamente lo dejé pasar y a los pocos segundos le eché un fuerte grito para traerlo de nuevo a la realidad. Rafael frenó en seco y dio media vuelta, se sorprendió al verme y tuve que ser yo quien me acercara hasta su posición, nos saludamos afectuosamente y, ante su sorpresa lo invité a almorzar, él aceptó de buena gana pero seguía intrigado por la repentina visita. Le solicité calma y nos dirigimos a un buen restaurante donde se comían unas parrillas exquisitas, llegamos y el lugar mostraba un aroma exquisito a carbón y leña con las carnes soasándose. Nos sentamos y Rafael ordenó pechuga de pollo a la parrilla mientras que yo me incliné por un bife angosto igualmente a la parrilla pero con la carne cocida en término medio. Mientras esperábamos nuestra orden le comenté a Rafael mi inquietud por saber su opinión acerca del reciente caso de canibalismo en México. Mi amigo enmudeció enseguida y endureció el gesto preguntándome si era necesario hablar de ese tema justamente antes de pasar a almorzar. No supe que responder, no pensé que el caso le resultara tan difícil de abordar.
En fin, me dijo, conversemos. Y me confesó que lo más sórdido del caso era que el antropófago detenido era poeta, que ese detalle lo había consternado sobre manera, la maldad y la crueldad demoníaca habían invadido sus terrenos. Rafael nunca creyó que estas escenas pudieran saltar del papel a la realidad. En efecto, existía literatura de estas prácticas y novelas ficticias donde se recreaban estas escenas, pero de ahí a convertirse en verdaderos manuales de un asesino, era otra cosa. Rafael me comentó también que había leído la información de algunos medios escritos en los que deslizaban una posible conexión entre la prosa y el canibalismo, lo cual terminó de demolerlo, algo a lo que había dedicado su vida, ahora se le tambaleaba. Sin embargo yo intervine haciéndole ver que la profesión que uno ha elegido no tienen nada que ver con el grado de locura que uno pueda desarrollar por equis motivos ya sean genéticos, traumáticos o incluso espirituales. Otro sentimiento que recogí de mi amigo fue el condenable hecho que el caníbal utilizó la poesía como herramienta para seducir a sus víctimas. Imagino lo que debe sentir un escritor al conocerse este hecho.
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